Estados Unidos ha dado un paso significativo en su política monetaria con el inicio del proceso para retirar el penny, la moneda de un centavo. Esta decisión se fundamenta en el creciente costo de producción de la moneda, que asciende a 3,69 centavos por unidad, casi cuatro veces su valor nominal. El objetivo de esta medida es reducir el gasto público, aunque ha generado un intenso debate sobre las implicaciones más amplias que conlleva la eliminación de la unidad monetaria más pequeña del país.
Con la desaparición del penny, se plantean cuestionamientos sobre cómo afectará a los precios, al comercio y a la percepción de la inflación. A pesar de que el penny aún será considerado de curso legal mientras esté en circulación, el cese de su fabricación marca el inicio de una transformación en un sistema económico que ha operado durante décadas con esta moneda. Las discusiones se extienden a la necesidad de revisar normas de redondeo y adaptaciones necesarias tanto en Estados Unidos como en otras naciones que han enfrentado un proceso similar.
La medida involucra ajustes en el manejo de pagos en efectivo, donde los importes deberán redondearse al múltiplo de cinco centavos más cercano. Según la Reserva Federal de Richmond, este redondeo podría resultar en un pequeño costo agregado para los consumidores, un fenómeno que se ha denominado “rounding tax”. Este término se refiere a la suma de los efectos de redondeo en las transacciones. Aunque teóricamente algunos precios se redondearán al alza y otros a la baja, la realidad muestra que no todos los productos se distribuyen aleatoriamente, lo que podría llevar a un efecto acumulado que afecte a millones de consumidores.
El comercio se enfrenta a un desafío considerable. La eliminación del penny no solo afecta la devolución del cambio, sino que genera la necesidad de revisar sistemas de punto de venta, software de caja y políticas comerciales. Aún más complicado es el hecho de que no existe una regulación unificada en todos los estados, lo que complica el cumplimiento normativo para las cadenas comerciales que operan en distintos territorios.
A nivel global, Europa ha atravesado un debate similar, ya que varios países, como Finlandia, Países Bajos, Bélgica, Irlanda e Italia, han implementado sistemas de redondeo para sus monedas de menor denominación. La Comisión Europea ha considerado extender estos sistemas a toda la zona euro, buscando simplificar las operaciones comerciales y disminuir el uso de efectivo de bajo valor.
Desde un punto de vista económico, eliminar las monedas de menor denominación no debería provocar inflación por sí misma, aunque puede influir en la percepción de la inflación. Los consumidores son más propensos a recordar cuándo un precio se redondea al alza que cuando se redondea a la baja, un fenómeno psicológico conocido en análisis monetarios previos.
A pesar de la creciente digitalización de los pagos, el uso de efectivo sigue siendo relevante en millones de transacciones diarias. La eliminación del penny implica que cualquier cambio en la unidad monetaria mínima afecta no solo a consumidores y comercios, sino también a bancos, proveedores de tecnología y administraciones públicas. La manera en que se gestiona este cambio puede sentar las bases para futuras decisiones económicas, y la experiencia de Estados Unidos podría servir de referencia para Europa en su análisis de las monedas de uno y dos céntimos de euro.
Ante este panorama, los actores económicos, desde comerciantes hasta economistas, deben prepararse para adaptarse a una realidad en la que la moneda de un centavo dejará de ser parte del paisaje financiero, aunque su influencia se sienta mucho más allá de su valor nominal.





